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•¿Cuál es la distancia que debemos atravesar entre este presente acelerado y la posibilidad de aprender de otras formas de habitar la tierra? Entre la idea y la acción, mi práctica busca aproximarse a ese legado que permanece vivo en los territorios guaraníes y que, sin embargo, ha sido históricamente silenciado por los relatos dominantes. Esta obra habla de un viaje incierto. Pero también de una convicción: que el futuro tal vez dependa de nuestra capacidad de escuchar otras voces.
•Tatachina alude a la niebla primigenia guaraní; una inmersión en la incertidumbre para cuestionar las lógicas extractivistas del Antropoceno. No tengo muchas certezas, pero sí la necesidad imperiosa de ir hacia ese saber que persiste en la floresta y en los pueblos que aún saben cuidarla.
•Desde hace quince años recorro el río Uruguay y sus cuencas buscando historias de vida, memorias del agua y formas de conocimiento transmitidas entre generaciones. Ese camino me llevó río arriba, a Misiones y al Chaco boliviano, al encuentro de comunidades que conservan una relación profunda con el territorio, la espiritualidad y la palabra.
•Mediante una metodología basada en la deriva territorial y la investigación colaborativa, el proyecto traza una cartografía fluvial que desborda fronteras de la mano de una postura ética: “me acerqué para aprender, compartir y escuchar, nunca para extraer” como escribí en la bitácora.
•Al eludir la mirada etnográfica utilitaria propia del arte occidental, la propuesta activa una plataforma de reciprocidad y diálogo horizontal con las comunidades Mbya de la Tekoha Pindó Poty y Ava Guaraní de Iguazú Senda. En esos encuentros comprendí que aquello considerado marginal o residual contiene preguntas urgentes para nuestro tiempo: los pueblos desplazados invisibilizados continúan sosteniendo conocimientos vivos sobre el cuidado ambiental, la convivencia y la pertenencia. Su palabra inscribe a estas culturas desde un presente activo, no como un pasado perdido.
•TATAENDE. NUNCA DEBE APAGARSE.